V DE VACUNA

La crisis del coronavirus ha traído numerosos problemas y debates a este nuevo panorama socioeconómico al que hoy nos enfrentamos. Una de las problemáticas que se puede vislumbrar es el debate sobre las vacunas y su posible obligatoriedad. Es cierto que la existencia de una vacuna que pueda paliar esta crisis sanitaria es una muy buena noticia, pero no podemos olvidar el importante conflicto que aparecerá con ella si se hace obligatoria.

Debemos partir del concepto de vacunación, que no es otra cosa que la injerencia o introducción de sustancias ajenas al cuerpo. Una vez establecido el concepto salta una premisa ineludible: la voluntad de las personas para prestar consentimiento a recibir la vacuna. Pero por desgracia en el panorama en el que nos encontramos ahora, no es una premisa tan fácil de solucionar. La idea de hacer la vacuna obligatoria crea dos situaciones totalmente antagónicas. Por un lado, representaría la solución a esta crisis sanitaria, afectando a un bien supremo como es la salud pública; pero por el otro supondría una vulneración de algunos derechos fundamentales desde un punto de vista constitucional. El debate ético frente al puramente jurídico, vacunándote te estas protegiendo a ti y a la sociedad, pero ¿es jurídicamente correcto no hacerlo voluntariamente?

La Constitución Española no recoge entre sus preceptos ninguno enfocado concretamente a la casuística de vacunación, pero recoge otros derechos fundamentales análogamente aplicables. Entre ellos se encuentran el derecho a la integridad física y moral (artículo 15), el derecho a la intimidad (artículo 18) y el derecho a la libertad (artículo 17). Pero estos preceptos constitucionales pueden entrar en colisión con el fundamento primero de esta obligatoriedad, preservar la salud pública.

Si nos remitimos a la Ley Orgánica 3/1986, de 14 de abril, de Medidas Especiales en Materia de Salud Pública, vemos que este supuesto ya esta contemplado y “solucionado”. En su artículo segundo se establece que las autoridades sanitarias competentes podrán adoptar medidas de reconocimiento, tratamiento, hospitalización o control cuando se aprecien indicios racionales que permitan suponer la existencia de peligro para la salud de la población debido a la situación sanitaria concreta. Este precepto podría ser perfectamente aplicado a la problemática sanitaria que vivimos, pero el debate no acabaría en este punto. Entendemos que en este precepto las vacunas están incluidas en esos “tratamientos”, pero sin duda, se refiere a vacunas consolidadas temporalmente. Y no decimos que no confiemos en la efectividad de la vacuna, pero si queremos dejar claro que la casuística es distinta, pues los protocolos productivos se han acelerado mucho.

El principal aliado de las vacunas es el propio éxito constatado de estas que provoca en la población la creencia de que determinadas enfermedades han desaparecido. Pero en este caso la enfermedad no existía y la vacuna ha tenido un tiempo de creación récord. Eso hace que no podamos meterlo en el mismo saco que los casos de epidemias “conocidas”. Con esta vacuna existe una incertidumbre que se mide frente a frente con el miedo a la enfermedad. ¿la vacuna es peligrosa?,¿lo es aún más la enfermedad? Al menos a corto plazo esta vacuna no es peligrosa, pero no se sabe que consecuencias puede tener a largo plazo, y menos con respecto a una enfermedad tan mutante genéticamente. Y hasta que punto esa incertidumbre casa con esa obligación de vacunarse. ¿es éticamente correcto obligar a la población a vacunarse sobre algo “experimental” con garantías exclusivamente a corto plazo?

Desde nuestro punto de vista el debate va más allá de si esta amparado legalmente o no, si no de si es éticamente adecuado obligar a la población amparado por una situación de emergencia sanitaria sobre algo con unas limitadas garantías. Quizás es por esto que la balanza se incline más a la posibilidad, y no obligación de vacunarnos. Como dice el refrán más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Las autoridades sanitarias ya saben las consecuencias del coronavirus, pero una vacunación obligatoria y en masa no sabemos cómo podría desarrollarse.

Por ahora el debate sigue evolucionando, y por la experiencia que tenemos con respecto a las decisiones gubernamentales, no sabemos que pasara. Por ahora confiamos en una vacunación voluntaria, y sobre todo confiamos en la moral y ética de cada persona que conforma la sociedad, cada uno con sus circunstancias actuando consciente y voluntariamente con toda la información. El siguiente paso es incierto, por lo pronto confiemos en el 2021 y en que las consecuencias que traiga sean como mínimo sanitariamente mejores.

Manuel Serrano Conde

Marina Vidal de Lamor