POPULISMO: DEMOCRACIA DE IGNORANTES

La RAE define el populismo como la tendencia política que pretende atraerse a las clases populares. Su origen se encuentra con el movimiento ruso de la segunda mitad del siglo XIX, denominado narodnismo, ha pasado por distintas fases hasta llegar a la actual que se inicia en la década de 1980. Actualmente casi ningún país se libra de sufrirlo.

Esta corriente que niega la complejidad del mundo, tiende a descalificar la legitimidad de las opiniones de los demás, basándose en la falacia, la mentira e, incluso, el insulto, tratando al adversario político como si fuese un enemigo a batir, generando una crispación tal que va, poco a poco, arrastrando a las sociedades hasta la orilla del precipicio. Sin embargo, como consecuencia de sus argumentos sencillos y sus promesas de mejora, se hace accesible y atractivo para las grandes masas.

Tanto de izquierdas como de derechas, desde 2008 han virado hacia el nacionalismo, y si bien, podían no percibirse como una amenaza, en la actualidad suponen un serio peligro para la democracia, dada la erosión constante que están causando en ella mediante el reiterado ataque a las instituciones, incluidas las cámaras de representación.

En España se plantea desde hace tiempo como un gran problema, especialmente en las distintas Comunidades Autónomas en las que, a través de los partidos nacionalistas o regionalistas (no importa el nombre que reciban, no dejan de ser populismos) van sustrayendo competencias del Estado y generando desigualdades, desobedeciendo los preceptos de la Constitución Española en los que se propugna la igualdad de todos los españoles. Pero es que, además, están logrando que nuestro país se encuentre inmerso en la decadencia más absoluta, no solo a nivel económico, sino también en otros niveles, como el político, judicial o el educativo, lo que está dando lugar a la fabricación en serie de borregos que cantan las alabanzas de sus líderes y que carecen totalmente de pensamiento crítico o lógico.

El populismo, quizás, en la última década, no haya generado demasiadas preocupaciones, pensando que simplemente acabarían debilitándose hasta consolidar el éxito de las democracias modernas. No obstante, el otro día nos dimos de golpe con la realidad cuando en Estados Unidos, la que se pensaba que era una de las democracias más arraigada y respetada, se produjo un asalto al Capitolio por parte de seguidores de Donald Trump, tratando de impedir la celebración de la sesión en la que se iba a certificar la elección y la victoria como presidente del demócrata Joe Biden.

De esta forma, Donald Trump ha ocasionado una erosión de las instituciones que garantizan los derechos de los ciudadanos. Este deterioro se ha producido hasta tal punto que ha generado una gran desconfianza de una parte de la ciudadanía y, si bien, a pesar de las actuales insistencias del presidente saliente de los Estados Unidos de que no se vuelvan a realizar actos de asedios o violencia, probablemente sea demasiado tarde para que sus palabras puedan tener efectos inhibitorios en la turba de ciudadanos furiosos.

Pero este hecho no es ajeno solo en Estados Unidos, sino que se lleva produciendo, como se ha indicado anteriormente, en mayor o en menos medida en otros países, alentando a los ciudadanos a desconfiar de los pilares de un Estado democrático, y, aunque parezca que estos movimientos están bajo control, en cualquier momento, al igual que ha ocurrido con los estadounidenses, las marionetas pueden cobrar vida propia, convirtiéndose en algaradas descontroladas que ya no creen en nada ni en nadie y cuyo único fin será actuar de forma tumultuaria contra cualquier elemento propio de una democracia con el que no comulguen.

Parece que ya sólo nos queda rezar para estos líderes populistas sean iluminados por la razón y cejen en sus empeños por bombardear todo y a todos antes de que sus pequeños pupilos vuelen del nido y se independicen, generando un absoluto caos social y político. En España ya está ocurriendo, sin que la oposición, en efecto, se oponga a ella.

Manuel Serrano Conde

María Vázquez de las Cuevas